MANIFIESTO DE REAFIRMACION TAURINA, firmado por diversas peñas y clubs en Donosti.
TOROS. Crónica de la corrida de San Sebastián
San Sebastián: 1ª de la Semana Grande
López Simón, relevante novedad
En el retorno de los toros a Illumbe, una corrida distinguida, variada y de gran movilidad de Torrestrella, un buen trabajo de Ponce y un torero casi sorpresa
San Sebastián, 13 ago. (COLPISA, Barquerito)
San Sebastián. 1ª de Semana Grande. Dos tercios de plaza. El Rey Juan Carlos y la infanta Elena, en un palco de burladero. Dos horas y cuarto de función.
Seis toros de Torrestrella (Herederos de Álvaro Domecq y Díez).
Enrique Ponce, ovación y oreja tras aviso. José María Manzanares, ovación y silencio. López Simón, que sustituyó a Rivera Ordóñez, ovación tras aviso en los dos.
LA NOTA LLAMATIVA de la corrida de Torrestrella fue su movilidad, propia de los toros cortos de manos. Lo fueron los seis, y los seis se movieron. De muy distinta manera. En manos de Ponce, el lote de mejor condición: un primero que descolgó en bellos y frágiles galopes iniciales, y un cuarto que sacó en la muleta un son no pastueño pero casi. Negro burraco el toro que partió plaza, castaño albardado el cuarto.
El burraco hizo historia. Con él volvieron a San Sebastián los toros tras un paréntesis de dos años. El mismo hierro escogido para la inauguración de Illumbe en 1998: Torrestrella. Y un toro burraco, pinta marca de la ganadería. Detalles simbólicos. Pero esta vez faltaron dos testigos principales: don Álvaro Domecq –el ganadero alquimista de Torrestrella- y Manolo Chopera, el empresario que logró volver a poner en el mapa los toros de San Sebastián. Estaban hijos y nietos de uno y otro. La tradición sentimental, que se tradujo en una ovación de gala al asomar las cuadrillas. Al final del paseo, salieron a saludar los tres espadas. Reclamo irrenunciable.
Primero, el burraco. Luego, un negro meano, el único de ese pelo. Negros lustrosos fueron los seis de la inauguración del 98. Un tercero negro listón; castaño el cuarto; sardo el quinto; castaño el sexto. Don Álvaro tuvo costumbre de alternar las pintas dentro de una misma corrida. Pintas, familias y líneas. Costumbre perpetuada.
La movilidad y la variedad, pues no fue todo oro, ni latón siquiera: el segundo de corrida, acusando tal vez algún vicio de manejo, se acostó, se metió por huecos en cuanto los vio abiertos y acabó agresivo. Un tercero muy bondadoso quiso rajarse al cabo de los veintipico viajes o muletazos. El quinto, el de menos poder, punteó y cabeceó por eso. Y al sexto, no tan dócil como el cuarto pero en esa línea –parecieron de la misma reata-, le brotó a última hora un aire brusco. Los toros, todos, los seis, tuvieron una particular manera de lanzarse al tomar la muleta. De modo que la corrida dio de promedio nota bélica.
Fue espectáculo intenso pero demasiado largo. Un aviso a Ponce en el cuarto no tanto por lo prolijo de su faena como por su resistencia a valerse del verduguillo. Y dos avisos más, uno por toro, a López Simón por enfrascarse en trasteos de aliento que tardó en rematar con los aceros, tanto espada como descabello. Llamado para sustituir a Rivera Ordóñez, López Simón era la gran novedad de un cartel concebido como un homenaje a los protagonistas de 1998: no solo Ponce, ya reconocido entonces como torero en madura sazón; también Rivera Ordóñez, encajado en la llamada terna de los tres tenores. Y, en fin, Manzanares hijo, enlutado como toda la temporada para rendir tributo a su señor padre, que abrió la terna del estreno de Illumbe por delante de Ponce y Rivera.
Siendo tan numeroso el coro de ausentes y presentes con pasado, la novedad de López Simón resultó desafiante y fue muy bien acogida. Su encaje natural al torear de capa en el recibo de los dos toros de lote resultó una sorpresa muy agradable para quien no hubiera visto nunca antes al torero de Barajas, que era hasta la pasada primavera un ilustre desconocido para no pocos. El encaje, los brazos, el buen compás, la seguridad y el descaro. Ni Ponce ni Manzanares se habían dejado querer con el capote antes. Los lances de doma tan de Ponce; la verónica forzada de Manzanares. Y por eso la sorpresa del capote de López Simón, que no es, por cierto, novedad. De novillero toreaba ya así. O muy parecidamente. Toreo de los años cincuenta. Talavante ha desenterrado esa escuela. Los lances de saludo del tercero fueron notables. Todavía mejores los del sexto tal vez porque este toro apretó más y eso lo encareció todo.
No solo el capote. Los dos arranques de faena fueron logros mayores. El sello de López Simón. En la estela de José Tomás y Talavante, como han señalado algunos expertos. Banderas a suerte cargada y sin rectificar en el tercer toro; estatuarios en el sexto. Una y otra cosa cosidas con variaciones de toreo cambiado o no: la trincherilla, el ayudado, el natural, el de pecho. Muy bien. Mantener ese intenso tono de apertura no fue sencillo. Al sexto le pegó el torero de Barajas con la derecha una tanda mayúscula de toreo embraguetado y reunido. Otra de parecido son al tercero y, antes de que empezara a rajarse el toro, una con la zurda muy redonda. A las dos faenas les faltó sentido de la medida. La espada es por ahora el talón de Aquiles de López Simón, convertido en el torero del verano en el mejor sentido del término.
No tuvo Manzanares más fortuna que la de salir ileso de las dos volteretas que le pegó el segundo y la de esgrimir un tercer ataque al bulto, que pudo ser fatal. Más eficaz que brillante con la espada. Como si hubiera renunciado a sus afanes clasicistas.
Y Ponce, sorprendido con el venirse tan arriba del primero –una gran tanda de tres de mano baja-, casi a placer con el cuarto en larga faena de mano diestra y casi solo diestra –muy vagos apuntes con la siniestra-, pausas bien medidas, cierta velocidad cuando el toro impuso la suya y el aire pontificial propio del caso.


